La tortura ha sido una práctica que ha estado activa desde los principios de la historia. Podemos ver escritos que muestran su ejercicio desde el apogeo de las grandes culturas del mundo antiguo, tales como los griegos, los hebreos, los ro-manos, etc. Todas teniendo como fin dos puntos; hacer pagar al detenido por infringir el código moral, o sea, haber cometido algún delito o ser algún detenido de guerra. Más adelante en el tiempo, y cerca de nuestra realidad como chilenos y Latino Americanos, tenemos la aplicación de esta bajo la dictadura militar.
Todos bien sabidos de nuestra historia, sabemos o tenemos como mínimo una idea de las atrocidades cometidas en esa época, impedimento de la libre expresión en el plano político e intelectual, siendo segregadas y diluidas muchas instituciones que pertenecían al corpóreo social de la época. También sabemos ya de las más precisas prácticas cometidas por grupos policiales y militares en contra de los individuos que pertenecían o tenían algún lazo con la Unidad Popular o en concreto opositores del régimen. Estos eran detenidos, mejor dicho asaltados, por un grupo de policías civiles y eran llevados en contra de su voluntad a centros de “detención e interrogatorio”, que jugaban un rol vital dentro de su política de represión. Estos lugares serían establecidos con el solo propósito de llevar a cabo, en forma sistematizada y en total impunidad, los delitos de terrorismo de Estado, persecución política y religiosa, tortura, secuestro calificado, homicidio, des-aparición forzada e inhumación ilegal, entre otros crímenes.[1]
Es muy importante tomar en cuenta este contingente tema, para ponerlo bajo la óptica de nuestra ciencia, la Psicología, y así pesquisar en profundidad el tema y las dimensiones que traspasa, no solamente en lo suponible por ser un evento traumático, sino también ver el cómo leemos, o mejor dicho escuchamos, el relato de este en comparación a otros organismos que se especializan en el tema. Se expondrán dos casos de tortura, teniendo como objeto de trabajo, el relato verídico de lo vivido por un preso político en El Salvador y el otro traído desde una película, la cual expone muy ricamente el tema en cuestión que marcará, lo que aquí quiero plantear, la otra escucha de este relato sobre la tortura, su abuso y cuál es la medida compensatoria que de verdad pide el sujeto.
Primero para poder agarrar un cuerpo, un volumen en el cual podamos sostener nuestra explicación, se definirán dos conceptos centrales para el desarrollo de las hipótesis.
“Tortura” tiene muchas definiciones tales como la declaración de la Asamblea General de la ONU de 1975 que la define como:
"Se entenderá por tortura todo acto por el cual un funcionario público, u otra persona a instigación suya, inflija inten-cionalmente a una persona penas o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido o sea sospechoso de haber cometido, o de intimidar a la persona o a otros". [2]
Claramente esta definición de tortura suena precisa al leerla, pero acotare-mos que responde al uso de la tortura desde un organismo mayor, llamado Estado, y que cuando trata de desligar el uso de esta sólo a un interés personal, aun así le da la finalidad de obtener información, castigarla por algo, o buscando un algo sostenible, esperable para los márgenes o usares de la tortura en los sujetos. ¿Cuál es el fin de hacer esta reflexión sobre dicha definición? El fin será marcar la diferencia en la escucha realizada por el psicólogo y el Estado. Nosotros los psicólogos atenderemos a como el individuo valoriza su tortura y en especial, que es el objetivo de este trabajo, qué particularidades tiene el relato del abuso sexual, violación, dentro de una tortura.
Definiciones de abuso abundan en la literatura y en internet, pero aun así no encontré ninguna que se configurara perfectamente a los planteamientos de la investigación. Es así que acuñe varios de estos y defino al abuso sexual como; “cualquier acción de tipo sexual impuesta sobre un sujeto a otro, de relación asimétrica, con el fin de satisfacer el deseo del abusador”. Sobre esta acotada definición expuesta del abuso sexual en la tortura, valorizaremos la diferencia entre lo traumático en la tortura y en el abuso sexual en el “deseo”, ya que es la acción del deseo sin consentimiento del abusado, la que diferencia la acción ejer-citada en la tortura; ya que esta no está ligada a un deseo personal, psíquico, si no a un objetivo en sí, que es la búsqueda de algo a cambio del suplicio, que es información para que el organismo mayor no se desmorone y así pueda mantener su estructura. El torturador en esta óptica, no respondería en su acto a su deseo, si no al deseo de una estructura que lo justifica de alguna manera. El abuso sexual a cambio de su ejecución alude a una ganancia del cien por ciento personales, esa ganancia, la satisfacción sexual, y una especulante perversión detrás del acto, torna el acto en algo íntimo, lo que aleja el uso de la coercitividad en el uso a post de algo en mayor nivel de jerarquía y lo instaura en un plano individual en su relación intersubjetiva, en el cual se configura de otra forma el trauma. Diremos entonces que lo íntimo seria junto con el deseo lo que diferencia al abuso sexual en la tortura, con la tortura.
Ya teniendo en claro un pilar en el cual sostenemos estas primeras ideas, daremos paso a ejemplificar de manera concreta dicha diferencia tan exquisita para el tema en cuestión. A continuación se verá el testimonio de un reo político salvadoreño presentado ante una corte en dicha nación, con el fin de juzgar a los actores de tortura.
“Cuando ingresamos en el citado cuerpo de seguridad de in-mediato me arrancaron a tirones la ropa hasta quedar desnudo y siempre vendado y esposado fui sometido a un interrogatorio… Tales interrogatorios duraban desde dos horas y media hasta cinco o seis horas y media seguidas, sintiendo el calor de presumiblemente potentes reflectores y temblores a raíz de los choques eléctricos recibidos… cuando me veían desfallecido, casi sin aliento y desmayado, ensangrentado u entumecido por los golpes y malos tratos, me iban a tirar como si fuera un fardo a la celda que me habían asignado, en la cual las cucarachas, Los mosquitos, zancudos, moscas, ratas y gran cantidad de otros insectos pululaban entre los excrementos y orines, ya que la celda carecía de un orificio en el sello para que la suciedad pudiera salir… cuando llegaban a buscarme para otro interrogatorio y no podía moverme la debilidad por el hambre y la sed así como por las lesiones que presentaba, me halaban de los pies y a puñetazos me hacían volver un poco en mi; al octavo día me llevaron en un bote sucio con restos de pintura, un poco de agua en la que habían unas cucarachas, pero era tan grande la sed que me devoraba, que como pude, tome entre mis manos tumefactas ese bote y bebí ávidamente su contenido, inclusive la cucaracha, cuya existencia dentro del agua comprobé hasta que la tuve en la boca; ese hecho me produjo vomito inmediato, expulsando de nuevo el agua sucia que acababa de ingerir, y quedando peor que antes. Así era la rutina durante los primeros veintiséis días.” [3]
Conmovedor y desgarrantes palabras son las que configuran este relato, poniéndonos a imaginar él como ha de haber sido dicha situación. Pero alejándonos de toda irrupción emocional, analicemos lo citado bajo los supuestos expuestos anteriormente.
Claramente el que este testimonio vaya dirigido a una audiencia jurídica hace que la estructura del discurso sea objetiva y su narrativa de cómo paso a paso sucedían los hechos no de espacio para apreciar un juicio de valor con respecto a lo vivido. Bueno, este testimonio sirve precisamente para las pretensiones del Estado nuevamente, que es la de brindar justicia por los crímenes cometidos por el régimen anterior. Sin poner en desmedro las pretensiones de dichas funciones, y su logro dentro de lo social, es muy difícil imaginar que se logre justicia, si colocamos en el tapete la real demanda del sujeto torturado.
La justicia implementa sanciones contra dichos actos que cree ella, bajo sus criterios, están acorde a lo sucedido, siendo de un carácter justo, para ambas partes. Es aquí donde se empieza a tejer la problemática de si la justicia es realmente justa y si en fundamento apunta con sus sanciones a ser el vehiculizador de la sanción querida y vista como realmente justa de la víctima.
Puede suceder, teniendo planteada esta tensión, que el sujeto prefiera to-mar la justicia por sus propias manos, colocando en jaque la credibilidad y sustento de las organizaciones superiores encargadas de solucionar e implementar las medidas punitivas contra los victimarios. Por catalogarlas como injustas, o simplemente de no ser lo que el sujeto realmente quiera obtener de su agresor. Como se puede sostener, de una manera justificable el hecho que el sujeto quiera tomar por sus manos la justicia. Lo pensaremos a causa del carácter intimo que tiene el trauma, entre la víctima y el victimario, hecho el cual pide la toma de justicia entre ellos y no por medio de un organismo el cual busca un juicio justo para ambas partes, de cierta manera amparando al victimario.
A caso de esto es que quiero ocupar de ejemplo para poder construir mi hipótesis, que marcará la diferencia entre la escucha del Estado y la del psicólogo, el caso expuesto en La muerte y la doncella por Roman Polansky (1994), en el cual se está en presencia de una víctima totalmente traumatizada y envuelta en miedos que se originan, no solo de la tortura que es componente importante en su vivencia, sino que también de la violación reiterada sufrida por parte de un funcionario médico que dejó en ella una marca más profunda que la tortura sufrida a causa de ir contra el régimen político de la época.
La diferencia entre los traumas, y sus distintas exigencias de justicia, tiene su origen de significado, que posteriormente configura otro trauma dentro de un trauma, en a quien responde la acción. ¿Qué caracteriza a este trauma más po-tente para esta mujer? Es que el torturador se convierte en abusador de una manera bastante particular, en la cual en un principio actúa como una figura protectora, la cual da seguridad y afecto a la torturada para luego sufrir un quiebre, una fractura en su conducta, tornándose en abusador sexual, creando una atmósfera dentro de un contexto totalmente opuesto al de la tortura.
Sin desviarnos, lo que queremos explicar dentro de este caso en particular es que la mujer, siendo en la película esposa del fiscal encargado de esclarecer y sancionar todos los actos de justicia, no pedía que bajo el ojo ciego de la justicia se sancionara a su abusador por tortura, cuando en verdad este nunca lo fue, si no que esperaba, como medida reparatoria, la confesión de este, asumiendo que era él quien había llevado tales violaciones, con todas sus particulares características, características que sobreponen al abuso sobre la tortura, dejando a esta en un segundo plano.
Podemos decir aquí que en lo particular la justicia que buscaba esta mujer, corrió en un primer momento por la venganza y llegar a matar al violador, pero sufrió una transformación al pasar la trama que lo único que pedía, a gritos, de una manera desesperada, era el reconocimiento de alguien, el asumir una figura concreta del abusador. Este simple acto, para ella era considerado la justicia que pedía.
¿Qué es lo que psicológicamente podemos decir que hay detrás de esta petición? Es el anhelo de situar el reconocimiento en algo irreconocible. Es poder llenar el vacío que fue generado por ese momento traumático, es poder enfrentar, frente a frente al victimario y pedir algo a cambio. Que en este caso fue, la simple, pero siempre difícil confesión.
Con dichas exposiciones, esperemos que quede claro para nuestro cuerpo de psicólogos cuáles son las características de la justicia real psíquica que muchas veces deja de lado el organismo judicial y socio-gubernamental en relación a materia de derechos humanos, tecnificando un hecho que pide justicia, no sélo desde un pueblo, una cultura herida, si no también y más importante, desde el sujeto mismo.
Por Patricio Treuer F.
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1 - http://www.memoriaviva.com/Centros/centros_de_detencion.htm
2 - http://www.omct.org/
3 - Testimonio del reo político Reynaldo Cruz Menjivar. ECA, 1978, 360, 850-858.