Al afrontar instancias correspondientes a situaciones decidas-dichas conversacionales, diálogo intrínseco de reanimar concordancias de la vida, simplezas que pueden discurrir acaudalando hechos dignos de re-comentar, o también decir remodelar, a las consignas, cabe por lo menos decir, que nos permiten emprender la travesía de encontrar en otro la pauta fingida de escucharlo. El presente reconocimiento brinda la discrepancia gráfica al pretender encaminar las letras con la significancia intencional, es más bien un eterno reintentar dar cabida al proceso de expresión, que de lógica sólo puede encubrir una ética de no pensar mucho en voz baja en la supuesta interacción. Esta ética es sobrepasada por la antesala del encuentro (conversación), lugar donde de por sí se constituye la estancia e instancia en la propia premisa, inhabitable a delirios contrapersonales (lugar del otro); se puede pensar en voz alta hasta un antes de la puerta de entrada a la ética del conversar. La remodelación del diálogo intenta no dar más maniobra que mantener la misma masa de lo dicho girando en un rotor para constantemente darle la forma que necesite para no volver a realizar la esquizofrénica tarea de construir un nuevo molde a cada palabra dicha. Lo que se requiere para comunicarse es generar y confiar un mecanismo posibilitante de la supuesta posibilidad de creer a otro, es decir, dar supuesto a concretarse impropio en el lugar de sí mismo. La ética aquí sólo es posible de lógica instrumentalizando el sí mismo como herramienta de intercambio, que de por sí ya es un instrumento de alucinación existencial propia.
Precisamente es la concordancia creíble la que tropieza con estas letras. Pero sumergir en las profundidades del proceso social a la intención de creerlo remite como mínimo, a la precisión de situarse allí interactuante. Cómo pensarlo situando al otro simultáneamente desde una respuesta conjunta unísona. Es sólo remitirse a la tarea epistemológica de explicar aquello. Explicar un “quienes” resulta reconocible desde la propia palabra dicha. No es el intento de posicionar al individuo y reflejarlo sobre su propia reflexión como secuencia propia de presencia explicativa, tampoco la ya clásica y trillada recursividad del lenguaje. El individuo sólo es reconocible desde un observador que de por sí no puede ser individuo, ya que estaría demasiado ocupado conociendo como para darse a conocer a otro observador sabiendo de ello ¿Dígalo usted observador? Dicho lo anterior: ¿Qué tanto puede pensarse para sí frente a otro qué tanto así no puede pensarse como otro? Decididamente ¿Puede un individuo pensarse otro, dicho conclusivamente otro en la posición fáctica de presenciarse otro ?…Una tarea para alimentar hambrientas y atormentadas recursividades, que nunca respetaron el círculo que prometían.
Lo que se lleva impuesto es el volumen bajo, que de alto haría imposible concretar la ética auto-contratada del conversador (no individuado). Es decir, la voz baja no tiene causa, ya que no se explica en pos de salvaguardar la posibilidad social, no se ex–plica a otro. Un proceso social interactuante de reconocimientos mutuos, consiste en una provisión bajo la cual se auto-contrata una ética apodada social con el fin de dar cabida al palabreado que atormenta con la incertidumbre. Se produce otro con lo que ya también se finge el pensar evitar cambiar la masa dicha del rotor (el supuesto lugar del encuentro). El molde nos sumerge en la ficción del otro, pero también nos hace bien educados.
Por Manuel Bravo L.
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