Hoy nos vestimos de luto los caminantes;
para las palabras, la prosa y la poesía son su única posibilidad,
y están en nuestras manos.
Pero es preciso algo más que las palabras, que tan poéticas.
Este es el lugar a un oratoria que corrompe el silencio en dos tempos;
es el momento imperfecto que calla y grita más fuerte que ese ruido del que se abstiene.
No te quiero, hombre, para que me comentes.
Intenta, hombre de la tierra...
Aquel lúgubre pasar del fragmento poético, no el sobreintento.
Aquella sabia sabiduría que llevas, no el retorno a los hombres que amas.
Ese canto desolador de tu memoria y sus compaces, no la filantropía rimbombante de la palabra que se conmueve; mísera escucha.
El fragmento de un camino bajo los contrastes de ese otoño con el que te deleitas.
Cantemos; de la miseria y de un intento digno.
Hablar, escribir, tirar a borda el discurso que espera ser mantenido en una historia que sabemos no es nuestra, irrumpe. Desechar ese intento fatigado de adulación a una historia que se ve saturada por quienes la hablan; aquí tenemos la nuestra, aquí tengo la mía. Es la posibilidad, la valentia, de entrar por una ventana al templo del satírico vacío imperante en esas páginas que guardamos, y salir por las puertas del pantenon, con los papiros de la originalidad, la historia de nuestro pulso inquieto, la arquitectura de nuestro mundo aquí para ellos... rujir desde ese vacío y quebrantar el colorido relinche que mantien esta miseria que irrumpe.